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Capítulo cuatro : Cuando el corazón escucha

Desde los comienzos, en los análisis de un proceso, ponemos en evidencia una característica principal de la antropología PRH: la importancia de la dimensión relacional para la humanización y el crecimiento de la persona.

Como hemos visto en los capítulos anteriores, el acompañamiento PRH lleva al que ayuda a un compromiso consciente y consentido en una relación humana real y verdadera. Y todas nuestras observaciones confirman este imperativo.

La vida humana procede de una relación. Sólo puede subsistir gracias a las relaciones. Únicamente puede desarrollarse en contacto con unas relaciones afectivas, es decir, relaciones en las que reciba afecto y calor, donde se codee con los sentimientos profundos y positivos del otro hacia uno.
“La persona y su crecimiento”, pag. 135

Nuestra experiencia de ayuda nos demuestra sin ninguna duda que la calidad de relación de quien ayuda es capaz de despertar lo mejor en el otro, de suscitar su vida y la afirmación de su personalidad. Esto motiva a un compromiso concienzudo, pero necesita también un conocimiento en profundidad de la dinámica de la relación de ayuda. Se trata de una relación en la que nos sintamos primero y sobre todo ante una persona -en quien está el deseo visceral de vivir y de poder realizarse con las riquezas que la constituyen- y no ante un caso o un problema a tratar.

Así pues, la relación humana es un elemento constitutivo del acompañamiento PRH. Una relación que dice: “tengo confianza en ti... puedes correr el riesgo de dejarte ver en todo lo más bello y grande en ti...” incluso aunque la persona tenga dificultad para creer en ella por las heridas del pasado. Una relación que llama a su dinamismo de vida, aunque este sea inconsciente. Una relación donde la persona que ayuda deja vivir su corazón de carne ante el sufrimiento, un corazón gratuito, auténtico, capaz de apoyar, de acompañar, de aclarar, de dar seguridad, manteniendo la fe y el amor en el otro, más allá de toda expectativa y de toda falsa apariencia. Una relación tejida de simpatía y de afecto, de paciencia y de no-juicio, de verdad y de apertura, además de actitudes que permiten vivir de modo ajustado los tiempos de transferencia y los momentos más difíciles. Por consiguiente, una relación no alienante, que incita a la autonomía, a la libertad y a que la persona se ponga en pie.

Pero más allá de las invitaciones y de las actitudes que lo facilitan, ¿qué impacto tiene en la persona ayudada este compromiso de relación, en lo cotidiano y en el paso a paso de la relación de ayuda? Además de la responsabilidad y las competencias profesionales, ¿cuáles son las exigencias cotidianas para quien ayuda? ¿Qué significa comprometerse en una relación? ¿Adónde puede llevar? Para intentar responder a estos interrogantes, presentamos aquí la historia de Catalina. Siguiendo su itinerario, captaremos cómo y hasta dónde la dimensión relación humana del acompañamiento PRH compromete a las personas que ayudan y actúa sobre quienes son ayudados. Pero hay más todavía.

En este capítulo, el análisis da cuenta de un trabajo muy particular, que parece ser determinante en el proceso de Catalina. Sin duda, sin él, la relación no hubiera podido construirse ni evolucionar del modo como más adelante lo relatamos. En efecto, a pesar de su competencia de varios años, sus métodos de trabajo mil veces puestos a prueba, sus pautas de análisis y de comprensión de los fenómenos humanos confrontados con sus propias experiencias y las de sus colegas, la persona que le ayuda tuvo que rendirse a la evidencia: todos sus conocimientos adquiridos por la experiencia o de otro modo, no eran suficientes para ayudar a Catalina. Tuvo que aceptar aparcarlos e incluso “desprenderse de ellos” en provecho de otro método y de otro tipo de saber: el trabajo por intuición.

Demasiado a menudo, se asocia la intuición a caprichos o deseos pasajeros de la sensibilidad, controlada, deformada e incluso ahogada por los puntos de vista del yo-cerebral, que trata de explicar todo, inclusive lo que no comprende. Son trampas reales que pueden hacer más lento y hasta perjudicar el crecimiento, la curación y la puesta en orden de una persona. En efecto, cuando el problema de alguien sobrepasa nuestra comprensión y nos empeñamos en querer resolverlo a partir de pautas establecidas o de experiencias anteriores, podemos estar dejando de lado la solución ajustada: la que teniendo en cuenta la unicidad de su personalidad y de su situación, respondería mejor a su necesidad actual y le ayudaría a progresar. Para la persona que ayuda, es prioritario estar conscientemente al acecho de sus movimientos interiores para discernir de dónde provienen y actuar en consecuencia.

“Desprenderse” y “aceptar aparcar” sus conocimientos anteriores no significa menospreciarlos, todo lo contrario. No se trata por consiguiente de abdicar del sentido común, ni de minimizar la importancia del parecer profesional, sino más bien de buscar de otro modo soluciones innovadoras a situaciones singulares. El trabajo por intuición no es un trabajo de aproximación. En PRH, constituye un conjunto estructurado y metódico de discernimiento. Para la persona que ayuda se trata de detectar de modo lúcido y de manera crítica, lo que emana de las profundidades de su ser para ayudar a la persona que tiene enfrente.

Cada persona es única como lo es su camino de crecimiento. Para crecer, una rosa no exige los mismos cuidados que una orquídea, aunque las dos necesiten los mismos elementos. Lo mismo sucede con los seres humanos. Los elementos de base de toda relación de ayuda eficaz son: el ambiente creado por la persona que ayuda, su competencia profesional en ese terreno y sus actitudes respecto a la persona ayudada. Pero, la capacidad de discernir lo que emana a nivel del ser para ayudar a tal persona, en tal situación, en tal momento concreto, depende de un largo y paciente trabajo sobre sí misma. Aprender a reconocer y a utilizar ese “olfato de ser” no es fácil ni automático. Requiere mucha apertura y docilidad por parte del yo-cerebral, como también vigilancia para descifrar la intuición y elegir el mejor momento y la mejor manera de verificar si es ajustada. En el caso que aquí nos ocupa, si el que ayuda no se hubiera dejado interpelar o se hubiera despistado en lo que sucedía a la persona que tenía enfrente, Catalina sólo hubiera sido ayudada hasta cierto punto pero no hubiera podido resolver su problema de raíz. La intuición de lo que había que hacer, de cómo hacerlo y cuándo había que hacerlo permitió que se estableciera y se construyera la relación. Sin la intuición de la persona que le ayudaba, no hubiera sido posible esta relación.

Pero, la intuición no surge sin más, como corre el agua cuando se abre el grifo. En el caso del análisis del proceso de Catalina, la persona que le ayudaba consciente y resueltamente se volvió y se enraizó en sus actitudes interiores de ayuda. Se hizo cercana, respetó su ritmo, se dejó afectar por sus dificultades, se conmovió por su deseo de progresar, empezó a creer en ella, a amarla como era, a expresarle su verdadera simpatía y su afecto real. Enraizada así en lo mejor de sí misma, la persona que le ayudaba pudo aceptar no “saber” cómo hacer y acoger, después discernir poco a poco, las “luces” interiores que se iban manifestando. En su caso, vivir de modo consciente y constante las actitudes que ayudan, permitió que nacieran las intuiciones que portaban la solución y que ella pudiera reconocerlas. Y, al confrontarlas con la realidad de la situación de Catalina, pudieron ser verificadas y autentificadas.

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